Se viene hablando, pero ya desde hace años, de que los jóvenes leen poco; tantos años que desde que comenzó a comentarse hecho tan lamentable somos muchos los que hemos ido poco a poco dejando de ser aquellos jóvenes que ya leíamos bastante poco entonces…

La literatura es o debe ser, ante todo, un arte. Y como todas las artes ha de evolucionar, transformarse y ― del mismo modo que un día la pintura dejó de ser figurativa ― dejar de ser la recreación de un mundo y de unos hechos que no precisan ya de ella, ni de su descritibilidad ni su secuenciabilidad, para mostrarse.

Otras artes han crecido, o madurado, e ido haciéndose adultas, distanciándose e incluso independizándose y a veces hasta renegando de y aun traicionando a la tangibilidad, la audibilidad, la visuabilidad en que se apoyaron y que fueron los respectivos porqués de sus orígenes.

Hoy, a un cuadro ― y sobre todo a un buen cuadro de hoy ―, no es ya sólo que no se le exija mostrar la realidad tal y como la vemos, es que ni siquiera se espera de él semejante inmediatez tan previsible; es más, se le valora en más si se limita a que todo cuanto haya de expresar o trasmitir se concentre en el color por el color mismo, o en la textura por la textura misma, o en…

No voy a meterme en más dibujos porque salta a la vista que entiendo muy, pero que muy poquito, de pintura. No es imprescindible, sin embargo, dominar esto o aquello para darse cuenta de que si los tiempos cambian por qué la literatura ha de permanecer tan anquilosada.

 Hasta hace relativamente pocos años todo cuando quedaba fuera de nuestro entorno, nuestras costumbres, nuestros hábitos, nuestros colores, nuestros sabores, nuestro país, nuestra ciudad o incluso nuestro barrio resultaba lo bastante exótico y lejano como para que mereciese la pena el permanecer embebecidos empapándonos de la descripción que minuciosamente, paso por paso, palabra por palabra, se nos daba de un lugar o de una circunstancia o de un acontecimiento que, para resultar no ya un poco sino muy asombroso, necesitaba nada más salirse un poquito ― con apenas “un poquito” bastaba ― de lo corriente o estar sucediendo en algún punto del planeta donde dábamos por seguro que el destino no iba a depararnos el, ni en sueños, poner jamás los pies.

Hoy casi todo el mundo ha puesto ya los pies en todas partes. Y hemos paladeado sabores lejanos, e incorporado a la cotidianidad rasgos y colores de razas de otras gentes con las que nos codeamos como cosa normal en los trasportes públicos, y aceptado como un hecho corriente la incorporación de un bombardeo con su sangre y sus correspondiente cuerpos desmembrados al café de la sobremesa… de los fines de semana, sólo, porque entre semana se come ya de pie o sentado en un banco alguna de esas viandas precintadas en plástico que hasta ayer por la mañana mismo eran casi impensables, aquí, en esta nuestra tierra ― de madres esforzadas que aliñaban cocidos, y nos planchaban la raya del pelo, y nos daban para él si nos pasábamos de la, y nos freían a prevenciones y advertencias, y llegaban pese a todo a tiempo a todo porque aun alcanzando apenas para tanto como había y con tan pocos medios que sacar adelante él, el tiempo, corría o parecía correr bastante más despacio ―, y allá, en cualesquiera tierras de cualesquiera otros hijos de madres tan esforzadas y tan diferentes de las nuestras.

Pero todas aquellas diferencias se han acortado, y el mundo imaginable es mucho más pequeño y el tiempo corre infinitamente más rápido; y el mundo inimaginable ya lo han plasmado en imágenes directores de películas tan taquilleras como Harry Potter o El señor de los anillos o La guerra de las galaxias (que hablo por hablar, o “escribo por escribir”, porque no he visto ninguna, de ninguna de las partes, de ninguna de las tres). Y, sí, es cierto que antes de llevarlas al cine existió la novela en la que cada una de ellas se basó; pero los textos de todas ellas hubiesen podido nacer directamente como guiones cinematográficos sin que nadie que llame literatura a la literatura las echara de menos, a ninguna de las tres, como hecho en puridad y puramente, desnudamente, eminentemente e intransformablemente o inmanipulablemente literario.

Y no estoy queriendo denostar, Dios me librara, el atractivo o el encanto de una narrativa tan visual; pero para ver ya está la vista, y para oír está el oído y para absorber la tangibilidad de las cosas por más insólitas que sean están los poros de la piel. Y está el tiempo. Y están las prisas. Y está todo lo que el exterior de nosotros mismos nos ofrece como experiencias dignas y ansiosas de ser vividas.

¿Por qué dedicar, pudiendo o teniendo que vivir tanto y tan deprisa, días o semanas a aprender lo que puede ser aprendido en un par de horas o tres para, al remate, no estar aprehendiendo ni en horas ni en días ni en semanas ni en siglos algo que está tan cerca, tan en el núcleo mismo de nuestro propio ser?

La literatura, si se basa y recrea y hace fuerte en la sola y escueta grandeza de que nada más va a proveerla el uso y disfrute de la palabra misma y de las posibilidades que el propio juego de luces y de sombras de las propias palabras ― entrechocando, chirriando, acariciándose, acercándose, distanciándose, golpeándose, entrelazándose, escabulléndose, abrazándose, zafándose, prodigándose, esquivándose, provocándose, hiriéndose, perdonándose, afirmándose, negándose ― va a arrojar sobre el ánimo del lector asombrado ante el hecho de que con sólo eso le estén mostrando un mundo que nada más y nada menos estaba ya ahí, dentro de él, será, literatura; pero si continúa empecinada en seguir siendo esclava de la narrativa, subsistiendo a expensas y a remolque de historias a narrar, será, también, sí, pero otra cosa. Otra cosa; pero como manifestación artística ― con entidad diferenciada, independiente y única ―, desaparecerá.