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¡Ay qué vida!
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Vale



Pero mientras comía anduve todo el rato dando vueltas a por qué quedarse ahí, en una casilla 33 en la que tal vez no estaba expuesto a ningún peligro pero tampoco iba a vivir ninguna aventura; y aunque quise convencerme de que qué necesidad tenía de andar buscando emociones que a la larga terminan también por acarrear complicaciones, y aunque me entretuve luego en tomar café y un amaretto haciendo fotos a esos globos, arriba, amarillos y azules que flotaban por la acera, y sobre las mesas y sillas de la terraza de la cafetería, lo cierto es que cuando me vi de nuevo frente a mi soledad me lié, como suele decirse, la manta a la cabeza y llamé de nuevo al timbre de la vecina — después de tantos años puerta con puerta sin habernos molestado nunca con favores ni con tacitas de azúcar ni con sacacorchos ni con nada,  aquel día, como cosa especial que pensé que no se repetiría,  le había pedido si tenía un juego de la oca que pudiera prestarme y, ella, muy amable, me contestó que no exactamente pero sí un trocito de papel que tenía la costumbre de utilizar de marcapáginas cuando viajaba en autobús o en metro y que si me podía arreglar con una copia ella me la escaneaba — para preguntarle, esta vez, si tenía un dado.

Luego me di cuenta de que tampoco tenía cubilete, pero me dio vergüenza volver pidiendo más cosas y lo solucioné con una lata vacía de aceitunas rellenas de pimiento que tengo encima de mi mesa con los lapiceros.

Antes de levantar la lata me lo dije de nuevo, me dije “olvídalo, que estás a tiempo”; pero me negué a escucharme y… ¡Un uno!

Que, consultando el papelito escaneado, era esto:



Pero “esto” era casi igual de nada emocionante que lo anterior y, después de haber pasado el mal rato de pedir dos favores prácticamente seguidos a la vecina,  pensé que era una grosería haberla molestado para nada y, decidido a obtener una solución más contundente,  tiré el dado otra vez y que fuera lo que Dios quisiese; y como Dios quiso un cuatro aquella noche soñé, como cuando era niño hacía ya tantos años, que yo era el guerrero del antifaz.

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